Una de las actividades que caracteriza la vida de las monjas de clausura, es la confección de ornamentos litúrgicos bordados y cosidos a mano. Las prendas bellamente confeccionadas que se conservan hasta la actualidad, además de las crónicas escritas por viajeros dan testimonio que desde la época colonial las religiosas han sido productoras de prendas litúrgicas; no obstante, sus nombres permanecen en el anonimato. El aporte de las monjas a este “arte manual” ha sido poco abordado por los historiadores.

El bordado con aguja e hijo se consolidó en el país a partir de la colonización española, se desconoce si esta técnica pudo haber sido practicada en el periodo prehispánico. Los indígenas y artesanos mestizos se apropiaron de las técnicas del bordado europeo a través de la enseñanza por parte de mujeres españolas, religiosas, maestros y bordadores que, al interior del hogar, en los conventos, o en escuelas técnicas y/o talleres, socializaron los conocimientos, materiales y técnicas traídas consigo de Europa.

Por su parte, las mujeres que consagraban su vida a Dios en el retiro de la clausura, dedicaban su tiempo a la oración continua y a las labores de manos. Siguiendo la tradición europea, los conventos femeninos quiteños eran espacios de educación donde las niñas de la clase acomodada eran enviadas para que aprendieran lo que se consideraba “labores propias de su sexo”; es decir, música, cocina y bordado.

Hasta nuestros días, las mujeres que optan por la vida religiosa en clausura combinan su tiempo entre la oración y el trabajo manual, siguiendo una antigua premisa impuesta por San Benito de Nursia en el siglo VI, quien al fundar la orden benedictina basó su regla de vida en el “Ora et labora”, (oración y trabajo) lema que no solo distingue a los Benedictinos, sino a todos los monjes y monjas de vida contemplativa, para quienes la vida transcurre entre la oración y el trabajo.

Los conventos femeninos se convirtieron en espacios de producción de prendas litúrgicas bordadas y confeccionadas por las hábiles manos de las religiosas. El Carmen Alto se distinguió por esta labor, fue así que el jesuita Mario Cicala en su crónica de viaje del siglo XVIII, refiriéndose a las destrezas manuales de las monjas del Carmen Alto decía:

“[…] [las carmelitas] son admirables en hacer flores de todas clases, finísimas y muy vistosas; son muy diestras en el recamado [bordado de realce]… Todo esto en el tiempo de los ejercicios, que ellas llaman, manuales.”

Las prendas de mayor demanda han sido siempre los ornamentos necesarios para adornar la iglesia, las capillas y la sacristía del propio monasterio y para otras comunidades o personas particulares; además las carmelitas eran diestras cosiendo y bordando las vestimentas para la Virgen María, Cristo y los santos, el ajuar del Niño Jesús, y los escapularios carmelitas.

En la confección de ornamentos litúrgicos se utilizaban varios tipos de géneros como la seda blanca de Granada, y otras sedas en colores azul, amarillo y carmesí; además se utilizaban una variedad de adornos como: flecos de hilo de oro, plata, seda y hojuelas de colores. También se empleaba materiales de pasamanería como puntas de plata, cintas de seda, cintas de hiladillo, cintas tornasol, sedas de todos los colores, encajes, sevillaneta, hojuelas de oro y plata, lentejuelas, escarchado y perlas.

Actualmente, la confección de ornamentos bordados continúa siendo una actividad a la que las monjas dedican parte de su tiempo con paciencia y minuciosidad, puesto que la producción y venta de estas prendas proporciona un modesto ingreso económico que ayuda al sostenimiento de la comunidad.

Las labores manuales como el bordado dentro de la vida conventual, adquiere un sentido particular que no se encuentra en otro ámbito donde se lo practique, pues como ellas mismas manifiestan, todo lo que hacen desde que se levantan hasta que se acuestan, se lo ofrecen a Dios. Para las carmelitas descalzas, la costura y el bordado son ejercicios propicios para la reflexión, para el recogimiento y la oración en silencio. El resultado es la confección de ornamentos destinados al culto religioso elaborados con gran destreza.

El frontal o conocido también como antipendium, es un prenda ricamente elaborada que se utiliza para cubrir el frente del altar en donde se celebra la misa. Solían elaborarse frontales en metales preciosos, adornados con esmaltes y joyas; también se los elaboraba en maderas policromadas y doradas con decoraciones en alto relieve; pero son mucho más comunes los frontales elaborados con textiles.

El frontal que forma parte de la colección del Carmen Alto data de finales del siglo XIX o comienzos del XX, fue confeccionado por las carmelitas descalzas en seda y satín. Tiene tres metros de longitud por 58 cm de altura. Para el bordado se utilizaron varias técnicas como pespunte manual, punto de cadeneta, gusanito y la técnica del recamado que consiste en dar relieve y tridimensionalidad a las decoraciones, usando variados materiales a modo de relleno, como retazos de telas, lanas e hilos. Para enriquecer la decoración, además de las puntadas de bordado, se utilizaron lentejuelas, flecos, pedrería de fantasía, gusanillos, briscados y apliques con tela gamuza.

Como tema central del frontal se destacan los corazones de la Virgen María, el de Jesús, y junto a ellos el corazón que representa a Santa Mariana de Jesús.