Locutorio del Monasterio del Carmen Alto

La libre elección de una vida en clausura consagrada por entero a Dios, conlleva la separación radical del mundo exterior. Para lograr una atmósfera de silencio y soledad característicos de la vida monacal femenina, a través del tiempo se desarrolló una arquitectura particular acorde con las necesidades de alejamiento del mundo, adaptando cada dependencia conventual al espíritu de recogimiento y espiritualidad de las órdenes religiosas femeninas. De acuerdo con los cánones de la vida religiosa, la unión con Dios solo se alcanzaría mediante el sacrificio de vivir de un modo diferente al del mundo del otro lado de los muros conventuales; por lo tanto, la estricta observancia de las normativas religiosas fue el primer paso hacia la espiritualidad.

La clausura no es otra cosa que renunciar a la vida extra conventual, asumiendo el compromiso de vivir a perpetuidad en el convento y tenerlo como sepultura después de la muerte. La clausura estricta fue una práctica que cobró auge a partir del siglo XIII. El supuesto de que las monjas tenían la obligación especial de preservar la castidad fue lo que contribuyó a la aceptación definitiva de la clausura perpetua en el Concilio de Trento (1545-1563). Con el tiempo, la clausura se convirtió en un voto formal que conllevaba la pena de excomunión y castigo eterno para los transgresores. (Lavrín, 2016: 121) Antiguas interpretaciones argumentaban que la clausura liberaba al cuerpo de la contaminación del mundo y preservaba la pureza del alma. La clausura material se lograba cerrando las puertas del convento, en tanto que la espiritual implicaba cerrar al mundo todos los sentidos físicos. (Ibíd., 121)

Portería interna Claustro del Monasterio del Carmen Alto Fotógrafo: Santiago de la Torre, año 2013

El aspecto material de la clausura estaba sujeto a minuciosas regulaciones que proscribían y normaban muchas actividades, por ejemplo, la entrada de personas ajenas al convento. Las puertas de los monasterios femeninos por las que ingresaban las novicias y las autoridades religiosas, no se abrían a otras personas que no fueran las estrictamente necesarias, como trabajadores para construir o hacer reparaciones en el inmueble, artesanos y especialistas como sangradores y médicos. Cada convento contaba con espacios específicos para llevar a cabo los encuentros necesarios con el mundo exterior, al que antiguamente se referían como “el siglo”. Esos espacios eran el torno, la portería y el locutorio, donde se congregaban frecuentemente familiares, amistades, administradores, vendedores, aspirantes a profesar; así como los miembros de la jerarquía religiosa masculina relacionados con el claustro, portando noticias, productos, documentos y dinero, todos esenciales para el convento. (Lavrín, 2016: 195)

Los locutorios eran espacios destinados a recibir visitantes y confesores. Se los denominaba también “rejas” por las celosías que separaban a las monjas de sus visitas. (Lavrín, 2016: 196) Según la definición de la Real Academia Española, el locutorio es una habitación o departamento de los conventos de clausura y de las cárceles, por lo general divididos por una reja, tras la cual los visitantes pueden hablar con las monjas o los presos. La palabra “locutorio” se deriva del latín loqui, que significa hablar.

A lo largo de la historia, principalmente en los conventos no descalzos, hubo momentos en que la intensa sociabilización entre las monjas y la gente del “siglo” dio vida propia a los locutorios, provocando con frecuencia la desaprobación de las autoridades religiosas masculinas, ya que consideraban que aquello degeneraba en un relajamiento del voto de clausura, poniendo en riesgo las bases de la vida religiosa. (Lavrín, 2016: 196)  Aparte de que este espacio era el único lícitamente abierto al mundo exterior y necesario para tratar toda clase de asuntos administrativos y financieros, el excesivo trajinar de seculares y las comunicaciones con gente de afuera, también se justificaba como medio para llevar a cabo fines espirituales. De hecho, una de las costumbres de los conventos femeninos que más molestaba a los prelados era el intenso movimiento de visitas en el locutorio. Los frecuentes tratos y conversaciones con seglares, lícitos o no, fueron criticados por los prelados, ordenando a las religiosas abstenerse de comunicaciones, procurando vivir con la pureza de costumbres y recogimiento que debían como esposas de Cristo. (Lavrín, 1995: 215) Las restricciones para limitar las visitas fueron reiterativas durante el periodo colonial en la mayoría de conventos femeninos del Nuevo Mundo, lo cual sugiere, además de un excesivo número de visitas en los locutorios, un uso no siempre apropiado de los mismos, ya que se tiene noticias de que en algunos de ellos llegaron a darse, además de amenas tertulias, ejecuciones musicales y presentaciones de comedias.

Las Carmelitas descalzas del Monasterio del Carmen Antiguo de San José o Carmen Alto pertenecen a la Orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Para ellas, su casa “es un oasis de oración y de especial consagración a Dios en el silencio del claustro”[1]. La vida de las monjas Carmelitas descalzas es contemplativa, de oración y trabajo dentro de los límites conventuales. De acuerdo con su vocación contemplativa, están obligadas a guardar la clausura, según las leyes establecidas por la Sede Apostólica y sus constituciones. La Ley de clausura papal se extiende a toda la vivienda de las monjas, incluyendo jardines y huertas, y determina que los límites de la clausura se demarcarán por medio de rejas de material sólido para salvaguardar la intimidad y el recogimiento propios de la comunidad e impedir cualquier entrada o salida.  Con respecto al locutorio, se aclara que la separación del mundo exterior se hará por medio de rejas fijas, para que sean como quería Santa Teresa de Jesús, fundadora de la orden, expresión y signo de la separación del mundo y de la renuncia a las cosas humanas más apreciadas. (Regla y constituciones, 1991: 98)

En la actualidad, las monjas están autorizadas a recibir visitas de sus familiares una vez por mes, durante dos horas. No obstante, la Regla y constituciones de las Carmelitas descalzas, normativa que rige su vida cotidiana y espiritual, establece que se debe cuidar de que las visitas del locutorio sirvan para la mutua edificación, tanto de las monjas como de sus visitantes. Advierte también que se debe cuidar de que las visitas no perjudiquen a la vida comunitaria, al recogimiento propio de la vida contemplativa, y al tiempo dedicado a la oración y al trabajo, siendo competencia de la Priora autorizar a las monjas el acceso al locutorio en los tiempos y modos determinados por cada monasterio o los estatutos particulares, evitando dentro de lo posible, las visitas demasiado frecuentes o largas. (Regla y constituciones, 1991: 102)

Como es bien conocido, antes de la fundación del Monasterio del Carmen Alto, la casa fue propiedad de la familia Paredes y Flores, donde Mariana de Jesús nació en 1618, y donde además, consagró su vida a Dios hasta el día de su muerte en 1645.  Una de las tradiciones del monasterio basada en el relato del jesuita Jacinto Morán de Butrón, primer hagiógrafo de Mariana, señala que la santa quiteña nació en la habitación que posteriormente se convertiría en el locutorio del monasterio.

Desde 1926, las paredes del locutorio del Carmen Alto conservan una serie de pinturas relativas a la vida de Santa Mariana de Jesús realizadas por Víctor Mideros, con las cuales el pintor imbabureño quiso hacer una ofrenda de veneración a la santa quiteña. Asimismo, las representaciones de Mariana de Jesús realizadas por Mideros, en el contexto del periodo del modernismo, constituyen un proyecto del artista de renovación de la imagen de la santa quiteña frente a la imagen colonial, mostrando a la Azucena de Quito en su dimensión mística, utilizando técnicas y colores novedosos para la época, con el objetivo de confrontar las ideas progresistas y liberales que se enfrentaron al conservadurismo ecuatoriano durante las primeras décadas del siglo XX. La serie no fue pensada para la contemplación de las monjas, razón por la que fueron ubicadas, tanto en la portería externa como en el locutorio, únicos lugares del monasterio que podían ser visitados por los fieles que por diversas razones se acercaban al convento.

Mariana, mártir y princesa Víctor Mideros, 1926 Óleo sobre tela Colección Museo del Carmen Alto

El locutorio constituye uno de los espacios arquitectónicos propios de la arquitectura monacal femenina, símbolo de lo cotidiano y de lo espiritual, donde se encuentra la clausura y el mundo exterior.

BIBILIOGRAFÍA

Lavrín, Asunción. (1995). “Cotidianidad y espiritualidad en la vida conventual novohispana: siglo XVII. En: Memoria del coloquio internacional Sor Juana Inés de la Cruz y el pensamiento novohispano. https://www.academia.edu/355423/Cotidianidad_y_espritualidad_en_la_vida_conventual_novohispana_siglo_XVII?email_work_card=title

Lavrín, Asunción. (2016). Las esposas de Cristo. La vida conventual en la Nueva España. México. Fondo de Cultura Económica.

Regla y constituciones de las Monjas Descalzas de la Orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo adaptadas según las disposiciones del Concilio Vaticano II y las normas canónicas vigentes, aprobadas por la Santa Sede Apostólica. Año 1991. Roma

[1] Entrevista personal con la Madre María Elena del Sagrado Corazón de Jesús. Monasterio del Carmen Alto, 2013.

 

 

Myriam Navas Guzmán
Investigadora
Museo del Carmen Alto