Morir es uno de los pocos momentos certeros durante la vida, aunque todavía no exista un consenso sobre por qué se produce o qué pasa después. A lo largo de la historia, la muerte ha estado rodeada de leyendas y creencias que han ayudado a que las culturas la entiendan mejor.

A finales de la Edad Media surgieron varias posturas sobre la salvación del alma, pues las sociedades estaban a merced de pestes y la muerte no discriminaba condición social o económica. En la Edad Moderna se hablaba sobre dos tipos de muerte: la buena muerte –que sucedía de forma natural, rodeada de familiares cercanos y que cumplía los sacramentos de extremaunción y eucaristía– y la mala muerte –que era imprevista, en ocasiones violenta y ponía al difunto en riesgo de ser condenado eternamente–.

Es así que en Europa y América comenzaron a circular concepciones sobre el Ars morendi o el arte de morir. Eran escritos que contenían consejos y protocolos para alcanzar una “buena muerte”. La mayoría de las veces, la noción del buen morir era exclusiva para quienes podían pagar grandes cantidades por servicios de honras o para ser enterrados en criptas, altares o retablos. El acceso a ser enterrado en estos espacios correspondía a la administración de la iglesia en la época de la colonia y los gremios y cofradías tenían un papel importante porque en muchos casos ayudaban a solventar los gastos que representaban estos procesos. La gran mayoría de la población no podía acceder a criptas de iglesias o altares y los muertos eran enterrados junto a templos parroquiales a las afueras de la ciudad o en espacios de enterramiento público.

Dentro de los monasterios y para los creyentes católicos, morir significa que el alma se libera del cuerpo para alcanzar la unión con Dios. Para las monjas, la muerte representa el alivio de sus preocupaciones y sufrimientos terrenales y se asume como una puerta a la salvación eterna: es su recompensa por una vida de consagración y entrega.

Para las órdenes de clausura, la muerte de uno de sus miembros es uno de los acontecimientos más relevantes dentro de la vida monástica. En el monasterio del Carmen Alto la muerte no es temida sino anhelada. Las hermanas continúan realizando sus ritos tal como lo dispuso Santa Teresa, reformadora de la orden, con adaptaciones para cumplir con las condiciones en las que se entierran los cadáveres y cómo se disponen los restos. Cuando una de las monjas está agonizando, se toca la campana para que toda la comunidad la acompañe rezando y pidiendo por el eterno descanso de su alma. Antes de morir, la priora le da su bendición y dice “sal alma de este mundo y preséntate a tu esposo (Dios)”. Este momento se toma con mucha paz y toda la comunidad se alegra porque su alma se liberó del cuerpo y alcanzó la unión divina. Después continúa la velación: el cuerpo se amortaja de forma muy simple, se coloca un escapulario, se acomoda en un ataúd –el más sencillo que se pueda conseguir–, se cubre el rostro con un velo y se coloca una corona de flores en su cabeza. Solo entonces los familiares pueden acompañarla en el cementerio y se les permiten que carguen el ataúd.

Dos elementos simbólicos dentro del ritual son un cuadro que representa a la “buena muerte” y una escultura de Cristo (que se cree que perteneció a Mariana de Jesús), que se colocan en la habitación para que la hermana “se vaya preparando”. Para las carmelitas del monasterio del Carmen Alto ambas figuras son una ayuda para morir. El escapulario que se coloca al cuerpo representa la promesa que hizo la Virgen del Carmen a San Simón Stock de que todo aquel que fuese enterrado con el escapulario de la orden de las religiosas y padres carmelitas será sacado del purgatorio luego de su muerte.

El cementerio actual está en el centro del monasterio, rodeado por un muro, un pequeño jardín y una reja. Aquí se conservan los cuerpos de las hermanas hasta que se vayan necesitando los nichos; cuando no quedan espacios disponibles, se exhuma a las más antiguas y se colocan sus restos en la cripta del coro bajo pero continúa siendo un lugar sagrado para la comunidad. “El sitio donde descansan nuestras hermanas será especial para nosotras en cualquier lugar que esté”, afirma la madre Verónica de la Santa Faz, expriora del monasterio.

Resulta complicado entender cómo se relacionan las personas con los espacios y las tradiciones dedicadas a los muertos y más aún si están en lugares únicos como los monasterios. Pero para la comunidad Carmelita Descalza del monasterio del Carmen Alto, la muerte sucede dentro de la alegría de cotidianidad y en compañía de quienes se convirtieron en su nueva familia.