El Museo del Carmen Alto exhibe cada año el pesebre del Monasterio del Carmen Antiguo de San José, compuesto por cerca de 300 piezas de los siglos XVIII y XIX. En este año se han destacado los oficios y ocupaciones representados en el conjunto, con el fin de proponer otras lecturas posibles del pesebre. Conocemos como pesebre, belén o nacimiento a la puesta en escena de la llegada al mundo del Hijo de Dios dentro de un contexto temporal, geográfico y cultural determinado.  El pesebre, antigua tradición instaurada por San Francisco de Asís en 1223, es un elemento de culto, mediante el cual el mundo católico conmemora el Nacimiento de Jesús, pero su riqueza radica en la posibilidad que tienen los fieles de construirlo acercándolo a su propia realidad geográfica y cultural.

Desde que se inició la evangelización, la elaboración de pesebres fue acogida con entusiasmo en Quito, especialmente en los monasterios femeninos como el Carmen Alto, donde podemos apreciar un montaje con escenas alusivas al ciclo navideño e imágenes cotidianas de la urbe, que nos hablan de la sociedad que produjo dichas representaciones. Los oficios y ocupaciones populares del pesebre carmelita reflejan las complejas relaciones que se tejían entre el campo y la ciudad a través del comercio, los servicios (públicos y domésticos) y el artesanado, actividades que fueron el punto de contacto entre los diferentes estamentos sociales.

La etnicidad guardaba estrecha relación con el oficio a desempeñar. Los mestizos se dedicaban al comercio formal, empleos burocráticos y a la educación; en tanto que a los indígenas les correspondían tareas humildes y complejas, bajo relaciones clientelares y de explotación.

El comercio mantenía vivas las relaciones entre los habitantes de la ciudad y el campo. Los vendedores provenían de pueblos y comunidades aledañas a la ciudad, pero también de los propios barrios quiteños. Durante el siglo XIX, Quito se proveía de productos provenientes de la meseta, de los valles y de las estribaciones de montaña como Mindo, Pacto, Gualea y Nanegal, de zonas selváticas como las de Quijos, y de los productos tropicales que venían del Litoral por la vía Guaranda-Bodegas.  Además de alimentos, los comerciantes ofrecían al consumo popular quiteño objetos de barro, madera y hojalata, esteras, ropa de manufactura popular, imágenes religiosas, hierbas, entre otras cosas.

El aseo de las calles, la construcción de obras públicas, el alumbrado, la limpieza de acequias y quebradas estaba a cargo de los pueblos de indígenas, principalmente de los indios “zámbizas”, nombre con el que conocía a los pobladores de Nayón, Llano Grande, Llano Chico, Calderón, San Isidro del Inca y Zámbiza.  Los tenientes políticos se encargaban de reclutar la mano de obra que requería el cuidado de la ciudad.

Los indígenas de los asentamientos cercanos a Quito y los traídos de las haciendas en calidad de huasicamas, también se encargaban de acarrear agua desde las piletas ubicadas en las plazas públicas hasta las casas, del manejo de los deshechos humanos y el traslado de los muertos y enfermos durante las pestes.

El número de artesanos que generalmente estaban organizados en gremios, para el siglo XIX, se había incrementado. Los talleres artesanales eran una especie de centros de enseñanza donde los jóvenes podían aprender algún oficio. Los productos artesanales estaban destinados al comercio popular.

La servidumbre estaba constituida principalmente por la población indígena. Sirvientes y jornaleros formaban parte de una casa, una finca o una hacienda, en calidad de “propios”. Los indígenas venidos de las haciendas se ocupaban del cuidado de los jardines y huertas de las casas señoriales, o eran asignados a conventos, hospitales, colegios y otras instituciones. Las mujeres indígenas se desempeñaban como cocineras, lavanderas, niñeras y nodrizas, a cambio de pagos esporádicos e insuficientes, o préstamos que les ataba al hogar donde trabajaban.  Así mismo, por iniciativa de las mujeres, pequeños puestos de venta de fruta, leche o chicha, eran instalados en los zaguanes de las casas. Por lo general, las ocupaciones de las mujeres eran invisibilizadas o confundidas con los quehaceres domésticos.

La población afrodescendiente estaba destinada al servicio doméstico, aunque la principal razón por la que fueron introducidos como esclavos, fue para la explotación minera y el trabajo en las plantaciones de algodón y caña de azúcar del Valle del Chota y en la cuenca del río Mira (provincias de Imbabura y Carchi).

Toda esta diversidad social, cultural y económica que forma un entramado de relaciones socioculturales de Quito en los siglos XVIII y XIX, es el escenario donde cobra vida el Nacimiento de Jesús representado en el pesebre del Carmen Alto.


Escrito por Myriam Navas